Testimonio
Buenos días, mi nombre es Ana Elena Barrios, tengo 20 años, estudio Psicología
organizacional y, como muchos de ustedes, tengo Marfán.
A propósito he mencionado esta característica mía en el último lugar,
pues puedo decir con alegría que hasta ahora el hecho de ser Marfán
no me ha detenido en ninguna de mis metas; sin embargo, sí consideré
apropiado mencionarla, porque finalmente es, como bien dije, una característica
mía, es parte de mí, de lo que yo soy, y como tal no la puedo negar.
Aunque, no les niego, en ocasiones ha sido difícil aceptarla y manejarla,
¡!sobre todo cuando interfiere con situaciones prácticas en las que,
por ejemplo, me sería mucho más favorable ver más allá de dos metros!!
Sin embargo, yo creo que aunque en ocasiones nos resulte difícil
el hacer conciencia y sobre todo lograr la aceptación de una limitación
física, es algo que está en nosotros, y que no por negarlo dejará
de
estar.
Es decir, yo creo que no se trata de cerrar los ojos ante lo evidente
y decir “¡¡¡¡¡NO!!!!!, ¡¡¡YO SOY COMO TODOS!!!”, señores si nuestras
aspiraciones van en este sentido, lamento darles una mala noticia:
esto no será posible, y no sólo para nosotros los Marfanes, sino
también para todas las personas que en este mundo viven; porque en
realidad
este concepto extraño de “ser como todos” o “ser todos iguales” es
totalmente contrario a la esencia humana, una esencia heterogénea,
en la que, precisamente lo que nos da valor es esa facultad de ser
únicos.
De modo que yo creería que es precisamente en esta línea que debemos
aceptarnos y asumirnos como personas: en la línea de la unicidad.
Entonces podríamos entender que cada quién tiene sus habilidades,
sus puntos fuertes, sus dones; y de la misma manera, cada quién tiene
sus
limitaciones. Y en este punto yo quisiera detenerme un poco para
decirles que las limitaciones se refieren tanto a lo intrínseco,
lo que ya le
tocó a la persona y ni modo, como a lo proveniente del exterior.
Y las limitaciones existentes entonces, vemos que son tantas, tan
diversas y tan bien distribuidas que alcanzan a todos, y entonces
el que no
es tartamudo, es tímido; el que no, es histérico; el que no es ni
tartamudo, ni tímido, ni histérico, es acomplejado; el que no, es
diabético; el
que no, es Marfán, y el que no, tiene la boca chueca, y así sucesivamente…
Señores, lo que quiero decir es, en otras palabras (¡que, reconozco,
no son mías!): “TODOS tenemos nuestro Marfán”.
Cuando digo esto, es para que comprendamos que no sólo nosotros, los Marfanes,
los que tenemos problemas de corazón o los que tenemos el cristalino
subluxado y literalmente no vemos más allá de nuestras narices, tenemos
limitaciones… el tener carencias o limitaciones es una característica
universal e inherente al ser humano.
Entonces, conscientes de que todos tenemos debilidades, limitaciones,
ahora el punto es: ¿qué vamos a hacer con ellas?, ¿vamos a pasar todo
nuestro tiempo observándolas y lamentándonos de ellas?
Porque, imagínense por un momento que todos nos pusiéramos a hacer el recuento
de todo lo que nos falta o no podemos hacer, ¡¡¡aquí nos sentábamos todos a
llorar!!!
Pero lo más triste de eso, no sería sólo que a todos se nos empañarían los
lentes… lo verdaderamente triste de esa situación, señores, sería que, por
centrar nuestras energías en lo que no tenemos, entonces estaríamos dejando
del lado lo mejor de nosotros mismos
Yo creo que lo fascinante de las personas es precisamente esa unicidad de la
que he hablado, esa combinación irrepetible de dones y debilidades que se presenta
en cada persona, y que es un todo. Y justamente como un todo debe tomarse,
porque si se dejara del lado alguna de las partes, la igualdad se desbalancearía
y terminaría con ello su condición humana y con ella también su encanto vital.
De la misma forma, si la persona aceptara solamente sus dones, estaría restándose
una gran parte de su valor.
Y exactamente de la misma manera, si las personas cercanas a una persona aceptaran
solamente sus dones y se negaran a ver sus limitaciones, tampoco la estarían
realmente valorando. Y en este punto tan importante, quisiera hacer alusión
específica a los padres de los marfanes: Señores, yo como hija Marfán puedo
decirles que esta fórmula aplica especialmente hacia ustedes: “véannos como
el todo, aprendan (yo sé que no es fácil) a aceptarnos como una mezcla de dones
y debilidades, donde aceptar la mezcla implica aceptar los dones y aceptar
las debilidades. No nos reduzcan sólo a nuestras limitaciones haciendo énfasis
sobre ellas y tratando de compensarlas con sobreprotección. No lo hagan, porque
estarían restándonos parte de nuestro valor”.
De la misma forma, marfanes, no nos veamos como incapacitados, no nos limitemos
nosotros mismos centrándonos en nuestras limitaciones
Aceptemos humildemente nuestras limitaciones, a fondo, de corazón. Porque de
esta aceptación total viene el amor por uno mismo, y de ahí viene la fuerza
para el crecimiento.
De modo que no nos permitamos, por ningún motivo caer en un autoconcepto autocompasivo…
mejor hagamos lo necesario para tener un autoconcepto de fortaleza, de lucha,
de crecimiento… ¿Cómo?, la única pieza que falta en este rompecabezas se llama:
el otro, el prójimo, el tú.
Si somos capaces de ver la necesidad del otro, entonces ya mi necesidad queda
en segundo plano; y más aún, si podemos ser capaces de concebirnos a nosotros
mismos como posible instrumento para el remedio de esa necesidad, ya no estaremos
más centrándonos en nosotros mismos y nuestras limitacions; por el contrario,
habremos superado el egocentrismo y de este modo habremos vencido nuestras
propias limitaciones, y estaremos ya sacando provecho de lo mejor de nosotros
mismos.
Finalmente, quisiera concluir esto con una frase que alguien me dijo hace poco,
que considero muy buena, y es: “lo importante no es lo que nuestros papás nos
dieron (entiéndase con esto, lo que la naturaleza nos dio, lo que la genética
nos dio”, lo verdaderamente importante es qué vamos a hacer con eso”.
Gracias a todos por haberme escuchado con el corazón, yo sé varias de las cosas
que he dicho quizá son fuertes y no son sencillas de asimilar; pero quiero
decir que lo hago con la mejor de las intenciones, pues quisiera realmente
que todos ustedes vivan un proceso de autocrecimiento fantástico como yo le
he vivido.
Gracias nuevamente, les dejo mi presencia sincera y afectuosa, aún sin estar
ahí
Ana Elena